The Hateful Eight, Tarantino como guionista

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Que uno de tus directores favoritos estrene película siempre es una buena noticia. Incluso los fans de Woody Allen se congratulan anualmente. Por suerte o por desgracia, otros directores se prodigan menos por la gran pantalla, como es el caso de Quentin Tarantino se toman algo más de tiempo entre cinta y cinta. Entre Django Unchained y esta The Hateful Eight han pasado tres años que son casi una vida. Tarantino vuelve al Western, aunque solo a ratos, por mucha genialidad musical de la mano de Morricone y algún espectacular plano exterior, nos encontramos con algo más cercano a Reservoir Dogs que a Django o Kill Bill Vol.2.

The Hateful Eight es, sobre todo, guión. A lo largo de los años Tarantino ha demostrado que puede dirigir lo que quiera y hacerlo bien, pero personalmente prefiero cuando además de conversaciones geniales, situaciones hilarantes y giros impactantes, se recrea en planos como los que se pueden encontrar en Inglorious Basterds, o los cambios de estilo tan brutales de Kill Bill, o como homenajea (reconociéndolo, no como otros) autores a los que admira. Entiendo que en su última película haya optado por una historia con solo dos localizaciones, entiendo a lo que quiere jugar, entro en su juego y me gusta, pero no me apasiona. Eso no quiere decir que todos y cada uno de los personajes están magistralmente escritos, ni que su enfoque de la típica historia de intriga, muerte y sospechas entre personajes en un lugar aislados te mantiene durante tres horas pegado a la butaca sin mirar el reloj, pero hay cosas que algunos echamos de menos.

El reparto está entre lo notable y lo sobresaliente, aunque ninguno se puede llevar una matrícula. Samuel Leroy Jackson tiene un papelón, pero no consigue estar al nivel de lo que ofrecía como Julius o como racista internalizado en Django. Lo mismo se puede decir de Kurt Russell y Tim Roth, pero no metamos en ese saco a Michael Madsen que no es que no alcance el nivel de su papel en Reservoir Dogs, es que no deja de poner todas y cada una de las caras que ponía en Kill Bill. Curiosamente los actores que menos han trabajado anteriormente con Tarantino, como Bruce Dern o Walton Goggins, son los que más destacan. Por no hablar de Jennifer Jason Leigh, just nominada al Oscar por su papel de Daisy Domergue aunque en la categoría equivocada, pues su personaje no es “secundario”. Entre los debutantes con el director también es destacable observar como Channing Tatum y su personaje sirven para demostar que un buen actor con un papel breve puede sobresalir y no ser una estafa como la de Meryl Streep en Sufragistas.

La banda sonora da una de cal y otra de arena. Por un lado las composiciones originales corren a cargo de Ennio Morricone, quien acompaña magistralmente los momentos en los que la cinta pide música, destacando el tema que acompaña a la cabalgada de la dirigencia y donde el autor italiano brilla como en su mejor época. Por otro lado se echa de menos una selección musical de temas existentes como en otras películas del director, una lista de esas que resucitan temas olvidados dándoles una segunda vida y vinculándolos a planos memorables.

En definitiva, The Hateful Eight es una película más que disfrutable para los fans del director, sobre todo para quienes idolatran su primera cinta. Hay quien le achaca que su casi única localización y su detallado guión lo acercan al teatro, pero no es algo que el propio autor haya ocultado. Su guión es sobresaliente y es una película entretenida como pocas, más quisieran muchos “blockbusters de acción” mantener el interés que The Hateful Eight mantiene durante tres horas aunque fueran cinco minutos. Es posible que para muchos, entre los que me incluyo, esté algún paso por detrás de sus dos últimas películas, pero eso no quita que siga estando por encima de la gran mayoría de película que vemos cada año. Ahora solo queda esperar unos años para saber que será lo próximo que nos ofrezca Tarantino, y ahí estaré esperando para recibirlo como el acontecimiento cinematográfico que es.

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